Pedir ayuda es de valientes

Pedir ayuda es de valientes

Me cuesta mucho pedir ayuda. Lo reconozco y quiero cambiar este hábito. Creo que puedo con todo y que soy fuerte. Y puede que tenga razón. Soy fuerte y ser fuerte -me lo digo a mi misma- no quita que necesite el apoyo de los demás. Me pregunto porqué me cuesta tanto pedir ayuda.

Quiero confesar que yo misma me he creado una película en mi cabeza. He creído -y me duele escribirlo- que pedir era de débiles, de personas frágiles. Vaya equivocación la mía y vaya aprendizaje. Está claro. Mi orgullo personal y mi sentido de la vergüenza me han frenado a la hora de pedir ayuda. Y mis frenos no se quedan aquí. Al ser una persona autónoma, que se apaña por si misma, he mantenido la creencia que pedir ayuda era cuestionar esta independencia. Es decir, he mal interpretado que pedir ayuda era mostrarme como una persona dependiente de los demás para resolver mis propios problemas. Paradojas de la vida!

A mis 44 años me doy cuenta de que pedir ayuda es también la ventana para conectar con los demás, mostrando nuestras debilidades en estado puro. Pedir ayuda es un acto de vulnerabilidad. Es desnudarte y mostrarte ante los demás, sin buscar ser aceptado por tu tribu y admitiendo que esa ayuda llegará o no, rompiendo  con exigencias y expectativas que construye la mente. Y también es aceptar que pedir por elección supone no agotarte ni frustrarte por no lograrlo tu solo. ¿Cuántas veces te has agotado y dado contra la pared para evitar pedir ayuda?

Deciros que mi cuerpo también ha puesto de su parte. Mi cuerpo ha sido entrenado para esconder mis emociones más frágiles y sensibles, evitando así recibir el regalo de ser ayudada. Mi sonrisa, mis pasos seguros y mi melena rizada al aire tal vez muestran más mi seguridad y fuerza, sin dejar tanto hueco para que mi sensibilidad y serenidad brillen. Hoy se que soy una persona fuerte y también frágil, y las dos, aún pensando que son opuestas, me definen. Mi cuerpo -ahora lo voy entendiendo más-ha tendido a mostrar más mi colorido de fuerza, y ha ocultado mi fragilidad. Con esto descubro, que soy percibida más como ayudadora que como receptora de ayuda.

Pedir ayuda es una elección. Y, por supuesto, es un acto de valentía y coraje. Es un regalo que nos permite disfrutar de la bondad y la generosidad de los demás, y sobre todo muscular la seguridad y confianza en nosotros mismos.

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